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EXPEDICIONES COLLCA

Richard Gonzales

La contienda mundial entre superpotencias y potencias por zonas de dominio atiza confrontaciones de todo tipo: diplomáticas, tecnológicas, industriales, comerciales y militares. En ese escenario, Medio Oriente constituye una zona clave para el tránsito de mercancías y un flanco energético vital tanto para China como para Rusia. Asimismo, funciona como espacio de contención —o tapón geoestratégico— frente a un eventual ataque militar directo de Occidente hacia Rusia.

A la vez, la región permite a Rusia proyectarse hacia África a través del Golfo Pérsico, continente que hoy, más que nunca, adquiere relevancia estratégica por la magnitud de sus recursos. En este contexto, mencionar el estrecho de Ormuz implica referirse a aproximadamente el 20% del flujo mundial de petróleo. Se trata, por tanto, de una zona neurálgica para todas las superpotencias y potencias del sistema internacional.

Si bien China tiene como uno de sus principales proveedores de crudo a Rusia —entre el 20% y el 25% de sus importaciones— mediante el oleoducto ESPO (Eastern Siberia–Pacific Ocean) y también por vía marítima, Arabia Saudita ha sido históricamente su principal abastecedor marítimo, representando entre el 15% y el 20% de sus importaciones. Otros proveedores relevantes para esta superpotencia son Irak, Emiratos Árabes Unidos, Omán e Irán; en Sudamérica destaca Brasil.

En consecuencia, Medio Oriente constituye una región de enorme importancia energética y de seguridad marítima, particularmente en su articulación con el Mar del Sur de China y las rutas estratégicas globales. Es un espacio estratégico para los aliados asiáticos, pero también una zona clave para la viabilidad del proyecto sionista de la denominada “Gran Israel”.

Debe considerarse, además, que con la creciente autonomía estratégica de Japón el noreste asiático vuelve a tensionarse. Japón ha iniciado un proceso de rearme bajo el concepto de “amenaza existencial”, estableciendo para 2026 un presupuesto de defensa récord de 58.000 millones de dólares. Paralelamente, el teatro de Taiwán adquiere centralidad, tras anunciarse un paquete de armas por 11.100 millones de dólares para la isla, constituyendo la mayor inversión armamentística de su historia.

Sin dejar de lado el conflicto en Ucrania, hoy Medio Oriente ingresa en una zona de alta tensión. Se trata de un flanco energético vital que responde a la base doctrinaria de la Estrategia de Defensa Nacional de los Estados Unidos para 2026.

En este marco se inscribe la doctrina militar estadounidense de “disuasión por negación”, cuya lógica consiste en impedir que el adversario alcance sus objetivos estratégicos; en este caso, evitar una influencia decisiva de Rusia y China en Medio Oriente. De ahí el desplazamiento y la concentración de poder militar en la región. En el terreno de la negociación, la cuestión central radica en qué concesiones podrían derivarse de esta maniobra militar, qué repartos de influencia se concretarían y en qué zonas.

Por tanto, cabe preguntarse: ¿podría producirse una confrontación militar directa entre superpotencias? Es una posibilidad. Sin embargo, debe considerarse que el llamado “gendarme del mundo” atraviesa una fase de declive. Involucrarse en una guerra prolongada y de desgaste resultaría altamente perjudicial para sus intereses, especialmente ante los problemas internos de carácter político, económico e industrial que ya arrastra. En ese escenario, la opción más viable sería la negociación, en el marco de un repliegue progresivo hacia sus zonas históricas de dominio que ya se viene manifestando.

20/02/2026

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